Por Lorena Moreno Berroeta | 11 JUL 2020
Han pasado 130 días desde la confirmación del primer caso de COVID-19 en Chile. A partir de ese hecho, el Ejecutivo implementó una serie de medidas para mitigar el efecto de la pandemia en el país. Además de la crisis sanitaria, el coronavirus ha impactado la economía, generando una crisis social que no se veía desde la dictadura militar. El desempleo alcanzó su nivel más alto en 16 años, llegando al 11,2%; más de 690 mil trabajadores se acogieron a la Ley de Protección al Empleo, y el ámbito laboral femenino retrocedió 10 años. Instituciones estatales y empresas privadas optaron por el teletrabajo para proteger a sus trabajadores.
Pero esa es una opción que otras personas no pueden elegir. En este tiempo de pandemia, tres mujeres de distintas geografías y situaciones socioeconómicas vieron cambiar su vida y hoy esperan el final de esta crisis. Según la definición del Estado sobre qué constituye un trabajo esencial, unas deben cumplir sus labores de manera presencial, mientras otras permanecen encerradas en sus hogares por no calificar dentro de esa categoría. Una médica de SAPU en Talcahuano que cumple turnos de 29 horas, una ingeniera civil y madre en Cauquenes, y una profesora de música de un colegio municipal en Huechuraba son las protagonistas de este relato: mujeres cuyas realidades son muy distintas, pero que comparten un mismo trasfondo. Hoy viven la crisis desde distintas veredas, deben elegir entre proteger su salud o sus ingresos, y no conocen el privilegio que tanto enorgullece al Gobierno chileno.
Sábado en la tarde. Una taza de té sobre una mesa al centro del comedor. Una mujer marca el calendario con una X roja como reflejo de la nueva rutina: 115 días de encierro por la pandemia del coronavirus, luego de la declaración de Estado de Catástrofe firmada por el presidente Sebastián Piñera.
Odette (62) comenzó a acaparar alimentos no perecibles y artículos de aseo apenas se conoció la llegada del COVID-19 a Chile. El último día de su rutina normal fue el 18 de marzo de 2020. Han pasado casi cuatro meses desde la última vez que salió de su departamento, y ese amanecer aún aparece en sus sueños cuando el agotamiento del encierro pasa la cuenta.
Ella nació en la zona centro-sur del país y tiene familiares repartidos en distintos lugares. Hace una semana cumplió años y, debido a la situación actual, celebró con su familia por videollamada. Las fechas conmemorativas siempre fueron motivo de reunión: todos viajaban desde sus hogares para reencontrarse en el nido familiar, la casona de calle Victoria en Cauquenes, comuna ubicada al suroeste de la región del Maule, en una zona de clima secano reconocida por sus viñas y tradiciones campesinas.
Sus orígenes se remontan a pueblos aislados, inmersos en geografías lejanas y de difícil acceso, en el territorio de la provincia de Cauquenes. Sus padres fueron campesinos que, a punta de esfuerzo y dedicación, lograron que toda su prole –las siete hijas y el único varón– fuera profesional en la segunda mitad del siglo XX. Odette es la hija menor y su cuerpo revela los genes de sus ancestros pehuenches. Es de contextura gruesa: varios kilos de sobrepeso repartidos en su metro cincuenta de estatura. Su fino cabello negro azabache, que por gusto lleva corto al estilo de Elizabeth Taylor en 1950, ya sobrepasa sus hombros debido a la extensión de la cuarentena. Sus ojos expresivos y su ceño fruncido son fiel reflejo de su carácter.
A Odette le cuesta expresar sus emociones, quizás porque la pandemia la obligó a ser fría y distante. Su sonrisa fácil y su humor irónico desaparecieron. Sin embargo, después de tanto tiempo en soledad, admite extrañar su libertad. Ese instante de verbalizar su emoción la quiebra. De sus ojos negros como aceitunas comienzan a brotar lágrimas que caen por la piel lisa de sus redondas mejillas. Mientras observa los tenues rayos del sol de invierno, que iluminan su rostro con una luz rasante propia del cálido atardecer, seca sus penas con un antiguo pañuelo de seda y flores bordadas. Sobre un mantel blanco de hilo, varias servilletas de diseños distintos hacen de individuales para el té, servido en una tacita de porcelana verde esmeralda heredada de su madre hace varios años.
La tradición de una familia de cantores le inculcó el amor por la música. Odette es profesora de Estado en Educación Musical, titulada de la Universidad de Talca, y hace más de 40 años enseña en un colegio municipal de Huechuraba. Hace meses inició los trámites para jubilar en septiembre de este año. Hoy recibe el 25% de su sueldo, ya que las clases presenciales permanecen suspendidas de manera indefinida.
Trabaja en uno de esos establecimientos con paupérrimos resultados en el SIMCE y alto riesgo de deserción escolar. Un factor común en la realidad de sus alumnos es la violencia intrafamiliar o la ausencia de los padres, que abandonaron el hogar atrapados por las drogas o por el cumplimiento de condenas en la cárcel.
“Para las mujeres es más fácil atravesar un embarazo en la adolescencia, ya que es la oportunidad de irse de esas casas, donde una paliza es el pan de cada día”, explica Odette. En tanto, los hombres se convierten en soldados de las bandas de narcotraficantes que intentan convivir a balazos y quitadas de drogas en la población La Pincoya. Ella se siente como la segunda madre de sus alumnos. Se sincera, por primera vez, y admite extrañar a esos niños, en la incertidumbre de no saber cuándo volverá a verlos.
Odette dice en tono nostálgico:
– Siempre me dicen ‘tía, fui a ver a mi papá a la cárcel y me dijo que me porte bien, porque usted fue su profesora’. Yo les digo ‘sí po, pórtate bien o terminarás igual que él’ y se ríen sin creerlo.
Odette no ha sido la única que ha visto cambiar su vida por la pandemia del Coronavirus. Estefani y Soledad también han experimentado estas sensaciones. Las tres son mujeres con ingresos monetarios mensuales. Una de ellas es madre. Todas están enfocadas en sus profesiones. Jamás habían atravesado una pandemia y hoy enfrentan la crisis desde distintas veredas. Odette no ha sido la única que ha visto cambiar su vida por la pandemia del coronavirus: Estefani y Soledad también han experimentado estas transformaciones. Las tres son mujeres con ingresos mensuales propios –una de ellas, madre– y todas están volcadas en sus profesiones. Ninguna había atravesado antes una pandemia, y hoy enfrentan la crisis desde distintas veredas.
No más ansiolíticos ni antidepresivos
Estefani (34) tenía todo listo para una nueva etapa en su maternidad. El 3 de marzo, Santiago comenzaría a asistir al jardín infantil. Después de abandonar la carrera de Ingeniería Civil en la Universidad Católica de la Santísima Concepción, y de tres años dedicados por completo a su único hijo, ella sabía que este año sería distinto. El nacimiento de Santiago había mitigado el vaivén emocional de su vida: una personalidad ansiosa, con recaídas de la depresión que arrastraba desde hacía tiempo. Por eso, el cambio de una rutina de años la hacía sentir insegura. Estaba asustada de perder ese equilibrio que tanto le había costado encontrar y no quería volver a los antidepresivos ni a los ansiolíticos. Aun así, como una paradoja, transmitía entusiasmo y tranquilidad por lo que venía.
Ese amanecer de martes de verano fue especial. Los primeros rayos del sol, que asomaban por encima de las cumbres de la Cordillera de los Andes, teñían de calidez al pueblo que aún dormía. Sus tonos dorados bañaban el nuevo día, mientras los pájaros cantaban y la humedad nocturna se evaporaba. El aroma matinal del sur, que olía a leña, se colaba por las ventanas de madera de roble y raulí, abiertas durante toda la noche.
Estefani y su hijo comparten una casa de tres dormitorios con su madre de 60 años, su abuela materna y una tía paterna –ambas de 93–, y algunas veces con su hermana de 27, que hoy vive en otra región. Las paredes de ese hogar conservan un antiguo papel mural de diseños florales, que el paso del tiempo tiñó de tonos ocre. En cada pared hay recuerdos de la historia familiar: el retrato fotográfico de su bisabuelo, tomado con cámara estenopeica en Coronel del Maule y colgado en un marco dorado; ramos de olivo guardados de distintas celebraciones del Domingo de Ramos; pequeñas ilustraciones con historias, compradas en mercados locales o conseguidas en algún trueque a mediados del siglo pasado. Sobre el piso parqué de madera —que antes conservaba su tono natural y hoy luce un café oscuro— se instaló una salamandra de fierro fundido, fabricada en el mismo pueblo. Se mantiene encendida por las noches para conservar la temperatura adecuada y proteger la salud de las ancianas con enfermedades crónicas.
Ese mismo día, que marcaba una nueva etapa en la vida de la familia, a 105 kilómetros al noreste de Cauquenes se confirmaba el primer caso de coronavirus en Chile. En horas de la tarde, los extras de los medios de comunicación a nivel nacional informaban el resultado de un test: el PCR positivo del paciente cero en el país, un joven médico del Hospital Regional de Talca que, días antes, había regresado de su luna de miel en el sur de Asia.
Sin saberlo, ese fue el primer y último día de clases. Estefani y Santiago no volvieron a salir de la casa. Todas las mujeres del hogar son factores de riesgo, el niño es un vector importante del virus, y cualquier contagio puede ser fatal. Los meses de preparación para el ingreso al jardín infantil se difuminaron con la llegada del COVID-19 a Chile. Ese 3 de marzo quedó para siempre en la memoria.
El uniforme, colgado a un costado de la salamandra junto a la mochila de Mickey Mouse llena de cuadernos y lápices, es hoy vestigio de lo que sería ese año. Mientras sus manos recorren esa ropa de algodón que marcaría una nueva etapa, Estefani cuenta:
– Es un regalo de mi familia. Siento pena, tanta pena por mi pequeño…
En estos 130 días de encierro se ha dedicado a escuchar historias de la influenza que azotó el sur del Maule entre 1929 y 1933, cuando su abuela Graciela le relata que “esa época no había ataúdes para enterrar a la gente”. Así compara el presente con un pasado vivido hace más de 90 años.
Un pasado que hoy la asusta.
La pandemia del miedo
Soledad (27) también sintió miedo. Hace un año egresó como médico de la Universidad de Concepción. Mientras trabajaba como interna en el Hospital Las Higueras de Talcahuano, se interesó por la geriatría, quizás porque fue criada por su abuela materna, ya que su madre trabajaba y a su padre nunca lo conoció. De hecho, ella lleva el apellido de su abuelo materno.
El coronavirus la sorprendió preparándose para postular a una especialización de medicina. El plan era obtener uno de los 1.100 cupos disponibles de Médico General de Zona, lo que le permitiría elegir un hospital rural de su región. A pesar de vivir por más de 8 años en Concepción, siempre sintió la necesidad de regresar a su hogar.
Pero la llegada de la pandemia a Chile obligó a Soledad a permanecer en el SAPU Paulina Avendaño Pereda de Talcahuano, lugar donde había comenzado a trabajar luego de titularse con excelencia académica. Cuando se enteró del primer caso en el país, empezó a repasar todo lo que había aprendido en los cursos de epidemiología a los que había asistido. Una noche estudiaba el texto Epidemiología en APS, consciente de lo que el COVID-19 podía provocar en los territorios vulnerables de la región del Biobío.
Estaba asustada. Cerró el libro. Salió al balcón del departamento que comparte con su pareja en el centro de Concepción, para despejar el miedo y respirar el aroma de las nubes que anunciaban lluvias de verano en esas cálidas noches de marzo.
– Chile no está preparado para esto. Se va a multiplicar y el sistema colapsará.
– No estés asustada, Sole.
– ¿Y qué podemos hacer si…?
– Esperar. Por ahora, alejarnos de todos y rogar para no contagiarnos. Estar tranquilos. Juntos. No sabemos qué pasará.
Roberto es Médico General de Zona en el Hospital de Lota. Él y Soledad se conocieron en la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción, donde fueron compañeros de algunas clases y participaron juntos en cursos básicos de especialización. Sus miradas se cruzaron a fines de 2018 y no se separaron más. La pandemia del coronavirus, a nivel personal y de pareja, ha sido uno de los desafíos más grandes que les ha tocado enfrentar.
Hoy ambos trabajan en la primera línea, y Soledad está agotada. Ella mira el calendario que le regalaron en la panadería de su barrio y recuerda:
– Desde la segunda quincena de marzo que no duermo más de 4 horas seguidas.
Hace cuatro meses que debe cumplir turnos de 29 horas, descansar una jornada y volver al siguiente turno; a veces, incluso, pasa más horas en el SAPU. Cada vez que un paciente con coronavirus ingresaba al centro de salud, el equipo médico que había tenido contacto directo con el caso debía someterse, de manera obligatoria, al test PCR y entrar en cuarentena preventiva hasta recibir el resultado. Cuando eso ocurría, el resto del equipo debía coordinarse para reemplazar a los médicos en aislamiento.
En la vida de Soledad se instaló el miedo. Las medidas de seguridad anunciadas por las autoridades para resguardar el bienestar de los funcionarios del sistema de salud no se cumplieron. A inicios de mayo, el stock de elementos de protección personal comenzó a agotarse. Las mascarillas N95, que debían protegerla, fueron racionadas por orden del Servicio de Salud de Talcahuano: una mascarilla debía utilizarse por un mínimo de 12 horas; unas antiparras, durante el turno completo; las batas de manga larga no estériles debían cambiarse solo si los pacientes no eran casos sospechosos de COVID-19, y los guantes debían usarse, como mínimo, durante la atención de cinco pacientes distintos. Todas estas medidas estaban fuera de las normas indicadas por la Organización Mundial de la Salud.
A inicios de julio, por el SAPU de Talcahuano pasaron 19 casos de personas contagiadas, y “la mayoría eran de escasos recursos que debían salir a trabajar porque vivían el día a día y, sin ese sustento, no tenían nada para comer”, lamentó Soledad. Todas ingresaron en estado grave.
– Pudimos salvar a cuatro personas, pero una de ellas falleció aquí. No es mucho lo que podemos hacer. Esa es la realidad.
Ni Soledad, ni Estefani, ni Odette se imaginaban lo que ocurriría este año. Pensaban que habría tiempo para los planes que venían gestando desde años anteriores: la elección de una especialidad por vocación, el inicio de una nueva etapa en la maternidad, o la jubilación para salir de viaje después de años de trabajo. Pero nada de eso ocurrió. Todas se replantearon sus vidas. Entre ellas, Soledad incluso se cuestionó si toda la teoría que había aprendido durante siete años tenía un impacto real en el ejercicio de la medicina durante la pandemia del coronavirus. Su primera muerte la vivió en esas condiciones: un pescador artesanal de Caleta Lenga, contagiado de COVID-19, falleció aislado en absoluta soledad, mientras su esposa estaba hospitalizada en Concepción y hoy sigue en extrema gravedad.
Soledad quiso abandonarlo todo y regresar a su nido. Hasta que recordó una frase de Claude Bernard, padre de la medicina experimental, que escuchó en su primer día de internado en Las Higueras de Talcahuano:
– Curar a veces, aliviar a menudo y consolar siempre.